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CONTENIDO LITERAL
(Fragmento de "El mar de madera", novela de Jonathan Carroll. Derechos de autor 2002, Jonathan Carroll)
VERTUOSO
Nunca compres ropa amarilla ni de piel barata. Ese es mi lema, y tengo más. ¿Sabes lo que me gusta ver? A la gente matándose a sí misma. Me explico; no me refiero a los pobres desgraciados que se tiran por la ventana o dejan sus patéticas cabezas envueltas en bolsas de plástico hasta que se les acaba el aire. Tampoco estoy hablando del "Campeonato de Lucha Libre", donde no hay más que un puñado de cabezas rapadas lanzándose mordiscos rabiosos. Me refiero al tío de la calle que, con la cara del color del plomo mojado, enciende un Camel y escupe el alma por la boca con la primera calada. ¡Bien por ti, figura! Larga vida a la nicotina, la cabezonería y la autoindulgencia.
"¡Jimmy, márcate otra ronda!", canturrea el Rey del Colesterol al final de la barra. Ese, el de la nariz colorada y la presión arterial lo bastante alta como para enviarlo a Plutón, a él y a todo su árbol genealógico. Gratificación, masa, textura. El ataque al corazón que lo incinere durará apenas unos segundos. La cerveza helada en jarra grande y el aroma de las chuletillas a la brasa son para siempre, hasta que se muera. Bien merece la pena. Estoy con él.
Mi esposa Magda dice que intentar hacerme entrar en razón es como tirar guisantes contra una pared. Pero si yo la entiendo; lo que pasa es que no estoy de acuerdo, por lo general. Vertuoso es el ejemplo perfecto. Un buen día entra un tipo en la comisaría acompañado de un perro que no se parece a ningún otro. Es un cruce, sobre todo pit bull cubierto de pelo marrón con manchas negras, lo que le da aspecto de pastel de mármol. Pero ahí se acaba la normalidad, porque este perro solo tiene tres patas y media, le falta un ojo y respira de forma rara. Como por la comisura de los labios, aunque no hay forma de saberlo con seguridad. Por la manera en que expele el aire parece que esté silbando "Michelle" por lo bajo. Lo coronan dos profundas cicatrices encrestadas. Es un adefesio tal que todo el mundo se lo queda mirando como si acabara de bajar del Concorde con aeropuerto de salida el Infierno.
Por jodido que parezca, el perro llevaba un collar de cuero rojo muy chulo. De él colgaba un corazoncito de plata con el nombre "Vertuoso" inscrito. Así estaba deletreado. Nada más; ni el nombre de su dueño, ni dirección ni número de teléfono. Vertuoso a secas. Y estaba derrengado. En medio de todo el mundo, se desplomó en el suelo y empezó a roncar. El tío que lo había metido dijo que había encontrado al chucho durmiendo en el centro del aparcamiento de Grand Union. No sabía qué narices hacer con él, pero como estaba convencido de que acabarían atropellándolo ahí tirado nos lo había traído a nosotros.
Todos los demás opinaban que lo mejor sería llevarlo a la perrera más próxima y olvidarnos de él. Para mí fue amor a primera vista. Le preparé una cama en mi despacho, compré comida para perros y un par de cuencos de color naranja. Se pasó dos días durmiendo casi ininterrumpidamente. Cuando despertaba se quedaba tendido en su cama y me observaba con sus ojos legañosos. Con su ojo, más bien. Cuando alguno de los de la oficina me preguntaba por qué lo tenía allí, le respondía que ese perro estaba de vuelta de todo.
Como soy jefe de policía, nadie protestaba.
Menos mi esposa. Magda cree que los animales están ahí para comérselos y casi no soporta al lindo gatito que tengo desde hace años. Cuando se enteró de que cobijaba en mi despacho a un trozo de pastel de mármol cojo y tuerto vino para echarle un vistazo. Lo escudriñó un buen rato y frunció el labio inferior. Mala señal.
-Cuanto más esperpénticos, más te gustan, ¿eh, Fran?
-Este perro es un veterano, tesoro. Ha estado en la guerra.
-En Corea del Norte hay niños que se mueren de hambre y tú das de comer a este chucho.
-Dile a esos niños que se pasen por aquí... que compartan su Alpo.
-Eres más perro que él, Frannie.
La hija de Magda, Pauline, estaba allí plantada y se echó a reír. La miramos sorprendidos porque Pauline nunca se ríe de nada. Lo suyo es una carencia absoluta de sentido del humor. Si se ríe es, por lo general, de algo raro o completamente inapropiado. Es una cría extraña que se esfuerza por ser invisible. Le he puesto el mote secreto de Humo.
-¿Qué te hace tanta gracia?
-Frannie. Siempre coge el camino de la izquierda cuando los demás tuercen a la derecha. ¿Qué le pasa a tu perro? ¿Qué hace?
Me di la vuelta justo a tiempo de ver cómo se moría Vertuoso.
Había conseguido ponerse de pie, pero sus tres patas temblaban como locas. Tenía la cabeza agachada y la movía de un lado para otro como si estuviera diciendo que no.
Como no podía ser menos, Pauline se empezó a reír.
Vertuoso dejó de zangolotear la cabeza y nos miró. Me miró. Me miró a la cara y me guiñó un ojo. Lo juro por Dios.
El viejo chucho me guiñó el ojo como si compartiéramos un secreto. Luego se cayó de lado y se murió. Las tres patas temblaron un poco más antes de replegarse lentamente contra su cuerpo. Estaba claro a dónde había ido.
No dijimos nada; nos limitamos a observar fijamente al pobre viejo. Por fin Magda se acercó a echarle un vistazo.
-Jesús, no tendría que haber dicho todas esas cosas feas sobre él.
El perro muerto se tiró un pedo. Uno largo. Ahí estaba su último aliento, saliendo por la puerta equivocada. Magda retrocedió como impulsada por un resorte y me fulminó con la mirada.
Pauline se cruzó de brazos.
-¡Qué raro! Hace dos segundos estaba vivo y ya no. Es la primera vez que veo morir a algo.
Una de las pocas ventajas de ser joven. Cuando se tienen diecisiete años, la muerte es una estrella a años luz de distancia que apenas si se vislumbra aun con un potente telescopio. Después te haces mayor y descubres que de estrella lejana nada; es un puto asteroide inmenso que se acerca a tu cabeza a una velocidad vertiginosa.
-¿Ahora qué, doctor Doolittle?
-Ahora supongo que tendré que enterrarlo.
-Hazlo donde quieras menos en nuestro jardín.
-Se me había ocurrido que debajo de tu almohada sería el lugar ideal.
Cruzamos la mirada y sonreímos a la vez. Lanzó un beso al aire que nos separaba.
-Vamos, Pauline. Hay cosas que hacer.
Se fue, pero Pauline vaciló. Mientras caminaba despacio hacia la puerta seguía mirando fijamente al perro, como si estuviera hipnotizada. En el umbral se detuvo y se quedó mirando un poco más. Fuera, en la oficina, se produjo un repentino estallido de carcajadas. Evidentemente, Magda acababa de comunicar la mala nueva a los demás.
-Vete con tu madre, Pauline. Quiero envolverlo y sacarlo de aquí.
-¿Dónde vas a enterrarlo?
-En algún lugar cerca del río. Que tenga buenas vistas.
-¿Eso es legal, enterrarlo ahí?
-Si me pillo haciéndolo, me arrestaré.
Aquello consiguió sacarla de su trance y se largó.
Incluso muerto el viejo parecía derrotado. Cualquiera que hubiese sido la vida que había llevado, llegaba al final del trayecto sin nada y con las cuatro patas por delante (bueno, con las tres). Había dado todo cuanto tenía. Eso saltaba a la vista con solo echarle un vistazo. Tenía la cabeza recogida contra el cuerpo; las gruesas cicatrices rosadas de su coronilla ofrecían un aspecto espantoso. ¿Dónde demonios las habría conseguido?
Me agaché, encajé los extremos de la manta ordinaria alrededor de su cuerpo y lo enrollé lentamente en ella. El cuerpo era pesado y lánguido. Sobresalía su pata delantera, la buena. Mientras volvía a meterla en la manta, me detuve y se la estreché.
-Me llamo Frannie. Hoy seré tu porteador.
Levanté el bulto y me dirigí a la puerta. Sin previo aviso esta se abrió y apareció en el hueco el agente Big Bill Pegg, esforzándose por no sonreír.
-¿Necesita ayuda, jefe?
-No, ya está. Aguanta esa puerta. -Fuera había un montón de gente de pie que aplaudió a mi paso-. Muy graciosos.
-Yo que tú no abriría una tienda de mascotas, Fran.
-Eh, ese perro se ha liado la manta a la cabeza.
-Menudo desagradecido... lo invitas a comer y va y se muere.
-Lo que pasa es que sentís envidia porque no la ha palmado en vuestro despacho. -Seguí andando. Sus risas y chistes me siguieron hasta la puerta. Vertuoso no pesaba poco. Cargar con él hasta el coche no era lo más fácil que me había tocado hacer ese día. Una vez allí, lo dejé en la puerta del maletero y saqué las llaves del vehículo de mi bolsillo.
Metí una en la cerradura y la giré, pero aparte de escucharse un chasquido no ocurrió nada más. El cuerpo mantenía la tapa abajo. Me lo eché sobre un hombro y volví a girar la llave.
Se levantó la puerta. Antes de que pudiera hacer nada, un vozarrón a un paso de distancia de mi oído izquierdo bramó:
-¿Por qué metes ese perro en tu maletero, Frannie?
-Porque está muerto, Johnny. Voy a enterrarlo.
Johnny Petangles, el tonto del pueblo, se puso de puntillas y se arrimó a mi hombro para verlo mejor.
-¿Puedo ir contigo y mirar?
-No, John. -Intenté encajar a Vertuoso contra una de las paredes del maletero para que no resbalara mientras conducía, pero alguien se interponía en mi camino-. ¡John, quita de en medio! ¿No tienes otra cosa que hacer?
-No. ¿Dónde vas a enterrarlo, Frannie? ¿En el cementerio?
-Allí solo se entierra a la gente. Todavía no lo he decidido. ¿Quieres hacer el favor de apartarte para que pueda acomodarlo ahí dentro?
-¿Por qué quieres que esté cómodo si está muerto?
Me detuve y cerré los ojos.
-John, ¿te apetece una hamburguesa?
-Estaría bien.
-Estupendo. -Saqué cinco dólares del bolsillo y se los di-. Vete a comer una hamburguesa y, cuando termines, acércate hasta mi casa y échale una mano a Magda metiendo la leña, ¿vale?
-Vale. -Se quedó plantado con el dinero en la mano-.
Si me dejas que vaya contigo estaré callado.
-Johnny, ¿es que voy a tener que gritarte?
-Siempre dices lo mismo. -Miró el reloj de Arnold Schwarzenegger que le había regalado hacía unos años, cuando atravesaba su fase de Terminator-. ¿Cuánto tiempo tengo antes de ir a tu casa? No quiero comer muy deprisa. Me da gases.
-Tómate el tiempo que quieras. -Le di una palmada en el hombro y me dispuse a subir al coche.
-No sabía que eras amigo de un perro, Frannie.
-Los perros saben lo que es el amor, John. Ellos escribieron el libro.
Mientras me alejaba comprobé el retrovisor. Johnny me despedía como lo haría un niño pequeño; su mano batía arriba y abajo.
Magda opina que se puede conocer la personalidad de alguien según lo que guarde en su coche. Detenido frente al semáforo de April Avenue, torcí la cabeza hacia el asiento del copiloto y vi lo siguiente: tres cajetillas de Marlboro sin abrir, un teléfono móvil de baratillo estropeado después de haberse caído demasiadas veces al suelo, una edición de bolsillo de relatos de John O'Hara y un sobre todavía cerrado, remitido desde el hospital de la ciudad, que contenía los resultados de una lavativa de bario. En la guantera había una latita de caramelos de menta marca "Altoids", una copia en vídeo de La vuelta al mundo en ochenta días y varios CD de música disco de los setenta que solo yo quería escuchar. Los únicos objetos de interés de todo el vehículo eran la Beretta que llevaba debajo del brazo y el cuerpo del perro del maletero. El contenido me deprimía. ¿Y si viviéramos al pie del Vesubio y este decidiera entrar de nuevo en erupción en ese preciso instante? La lava y las cenizas me matarían y me conservarían en perfecto estado dentro de mi ataúd Ford de dos toneladas. Dentro de unos cuantos miles de años me desenterrarían unos arqueólogos y determinarían quién era yo en función de las cosas que me rodeaban: cigarrillos, KC y la Sunshine Band, los resultados de un análisis rectal y el cadáver de un perro. ¿A qué período pertenezco?
¿Dónde iba a enterrar a Vertuoso, y con qué? No tenía ninguna herramienta en el coche. Antes tendría que pasar por casa y coger una pala del garaje. Viré rápidamente a la izquierda y bajé por Broadway.
El día de su octogésimo cumpleaños, mi padre había jurado no volver a leer jamás un libro de instrucciones.
Falleció un mes más tarde. Lo menciono ahora porque utilicé la misma pala para enterrarlo. La gente pensó que me había vuelto loco. En los cementerios hay palas excavadoras diseñadas para ese propósito, pero a mí se me ocurrió que preparar el último lecho de mi padre tenía algo de bueno y antiguo. No sabría recitar un kaddish por su alma, pero sí podía excavarle al menos un agujero con mis propias manos.
Aquel día de verano, bajo un sol de justicia, cavé una tumba con una sonrisa en la cara. Johnny Petangles estaba sentado en el suelo a mi lado y me hacía compañía. Me preguntó adónde íbamos cuando moríamos. Le dije que a Bangladesh, si nos habíamos portado mal. Al ver que no me entendía, le pregunté que adónde pensaba él que íbamos. Al océano. Nos convertimos en piedras y Dios nos tira al océano. ¿Sería allí donde estaba ahora mi padre, sirviendo
de refugio para los calamares griegos? Mientras conducía, me pregunté qué habría opinado Johnny sobre el destino de los animales muertos.
Crepitó la emisora.
-¿Jefe?
-McCabe al habla.
-Jefe, tenemos un altercado doméstico en Helen Street.
-¿Schiavo?
-Bingo.
-De acuerdo, ando cerca de allí. Yo me encargo.
-Mejor tú que yo. -El mensajero soltó una risita y cortó la comunicación.
Meneé la cabeza. Donald y Geraldine Schiavo, apellido de soltera Fortuso, habían sido mis compañeros de clase en el instituto de Crane's View. Se casaron justo después de licenciarse y desde entonces no habían dejado de pelearse. Cuando no era ella la que le pegaba en la cabeza con una cacerola, era él quien le pegaba en la cabeza con una silla. Lo que tuvieran más a mano. La gente llevaba años aconsejándoles que se divorciaran, pero los dos tortolitos no tenían otra cosa en el mundo aparte del odio mutuo que se profesaban, así que, ¿cómo iban a renunciar a eso? Según mis cálculos, sus respectivas ollas silbaban a punto de estallar una vez al mes y uno u otro salía escaldado.
Había un grupo de adolescentes en la acera delante de la casa de los Schiavo, riéndose.
-¿Qué pasa, chavales?
-Joder, señor McCabe, ahí dentro tienen montada La guerra de las galaxias. Tenía que haberla oído chillar antes.
Pero ya hace rato que no pasa nada.
-Será la pausa entre asalto y asalto. -Crucé el sendero hasta la puerta y giré el pomo. Estaba abierto-. ¿Hay alguien en casa? -Lo repetí cuando no contestó nadie.
Silencio. Entré y cerré la puerta. Lo primero que me llamó la atención fue lo limpia que estaba la casa y lo bien que olía. Geri Schiavo era una mujer holgazana y desordenada a la que le importaba un comino que su hogar apestara. De su marido podía decirse lo mismo. Una de las cosas molestas de tener que separarlos un mes tras otro era ir a su casa, que olía invariablemente a sudor, a habitaciones cuyas ventanas llevaban demasiado tiempo cerradas y a comida rancia que ni siquiera te apetecía probar.
Esta vez no. Hacía poco que había abierto en la ciudad un comercio donde se vendía un amplio surtido de tés exóticos. Yo no bebo té, pero siempre encontraba alguna excusa para entrar allí solo para aspirar el aroma. Después de la confusión inicial que me había asaltado ante el orden y el lustre de la casa de los Schiavo, me di cuenta de que olía igual que en la tienda de té: una fragancia penetrante y maravillosa que hacía que tu olfato pensara en cosas deliciosas.
Las sorpresas tampoco se acabaron ahí, porque la casa estaba vacía. Recorrí las habitaciones en busca de Donald y Geri. No había cambiado nada desde mi última visita. El mismo sofá de saldo y el mismo Barcalounger prehistórico pegaditos en la sala de estar como vagabundos sentados en una acera. Fotografías de la familia en la repisa, un escuálido canario de color amarillo pis brincando en su jaula, todo igual. Pero en todo se apreciaba ese orden y esa pulcritud que yo no había visto en esa casa nunca antes. Era como si la pareja se hubiera preparado para dar una fiesta o para recibir una visita importante y, en cuanto lo tuvieron todo a punto, los dos se hubiesen largado.
Fui al sótano, temiendo descubrir allí abajo una desagradable respuesta al misterio de arriba: a los dos Schiavo colgados de sendas vigas, o a uno encima del cadáver del otro con una expresión maliciosa en el rostro y una pistola en la mano. Nada de eso. En el sótano solo había revistas ordenadamente apiladas, muebles viejos y trastos. E incluso esos se habían colocado con esmero en un rincón. También ahí abajo olía bien.
Era de lo más extraño. ¿Qué demonios estaba pasando? Su patio era tan grande como una parada de autobús, pero el césped estaba segado. Nunca había visto que la hierba de ahí fuera levantara menos de quince centímetros del suelo. En cierta ocasión había llegado a ofrecer mi cortacésped a Donald, que rehusó refunfuñando.
De nuevo en la casa me senté en el Barcalounger para darle vueltas a la cabeza. Casi doy con el culo en el suelo cuando se reclinó hasta atrás del todo sobre unos muelles inexistentes. Con los pies en el aire por unos segundos, logré enderezar el cacharro. Entonces vi la pluma.
Había una chimenea cegada al otro lado de la habitación.
Mientras peleaba con la fuerza de la gravedad para devolver...

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